7 July 2016

ADELANTO - Celia en la Revolución

La novela de unos y otros

A la chita callando Elena Fortún escribió, con Celia en la revolución, una de las grandes novelas de la guerra civil.

Es la novela que hubiera querido escribir Baroja, y no pudo: le faltó conocimiento de primera mano para hacerlo, y la que habría querido escribir Max Aub, y no supo, al estar preso él, como tantos otros, de prejuicios y «razones históricas», ya que al fin y al cabo Max Aub formaba parte de una de las dos Españas. A Elena Fortún ninguna de las dos le servía ni ella les sirvió tampoco, lo que explica en parte que esta obra tardara cincuenta años en editarse: nadie la necesitaba, decíamos.

«Hoy, 13 de julio de 1943, termino de poner en borrador Celia en la revolución» escribe en la última cuartilla Elena Fortún.

¿Había un manuscrito anterior, pasó al borrador algunas notas? Según su primera editora, y biógrafa, Marisol Dorao, no hay en él, más allá de algunos pequeños desajustes, cosas poco dignas de señalarse en lo que hace a cuestiones formales o de fondo. La novela, aunque sea un borrador, puede darse por acabada.

¿Hizo Elena Fortún algunas gestiones para publicar el libro? Pudo haberlo publicado en Buenos Aires. Pero sin duda le habría granjeado la repulsa de la mayor parte de los exiliados, aunque todos ellos pudieran corroborar los hechos que se narran en él. ¿Y en Madrid? El Régimen estaba deseando esa clase de documentos para usarlos como propaganda. Recordemos las memorias de la «arrepentida» Regina García, Yo he sido marxista. Pero la censura no habría consentido ni lo que se dice del bando franquista y sus bombardeos ni la confesión de fe firme de su autora en los valores republicanos y democráticos. Así se lo escribe la propia autora a Inés Field, una amiga argentina, a la que ha pedido desde España que le envíe algunas cosas suyas que ha dejado en Buenos Aires, pero no «el paquete de Celia en la revolución, que está en borrador y no debe venir». Por tanto, la novela ni unos ni otros la hubieran aceptado.

Empecemos por el título: Celia en la revolución. También aparece la palabra revolución en el título del libro de Campoamor. Fue la primera que borraron de la memoria histórica los que estaban perdiendo la guerra, pese a haber sido la que movió a una gran parte de los que respondieron en un primer momento a la sublevación militar. Desde los socialistas radicales de Largo Caballero, que sería presidente del Consejo, a los anarquistas de Durruti, miles de republicanos empuñaron en un primer momento las armas no tanto para defender a la República y los principios de la Ilustración que ella representaba, sino para hacer la revolución a la que encomendaban el trabajo de acabar precisamente con ellos. Todos, los de una y otra parte, no estaban luchando sólo en una guerra civil, sino haciendo la revolución. Era la primera vez en la historia, como muy bien vio Bolloten, en que tenían lugar al mismo tiempo dos revoluciones de signo contrario, la fascista y la comunista en sus diversas acepciones (leninista, trotskista o anarquista). Cuando los gobernantes republicanos advirtieron que la palabra Revolución era el principal escollo para obtener ayuda de las democracias burguesas, la suprimieron y, siguiendo órdenes del propio Stalin, pasó la Revolución a segundo término: antes era preciso ganar la guerra; la revolución se dejaba en suspenso. La palabra permaneció únicamente en el léxico de los sublevados, para justificar su golpe de Estado: su sublevación militar, una verdadera Revolución Nacional Sindicalista, no había sido, justificaron, contra la República sino contra la Revolución marxista y anarquista que se estaba gestando, tal y como se había gestado dos años antes en los sucesos de Asturias (estos, en cambio, han quedado para todos como «la revolución de Octubre»).

Cuando Elena Fortún decidió ponerla en el título de su libro, igual que Clara Campoamor, estaba llamando a las cosas por su nombre: aquello había sido una revolución en toda regla, entre cuyas víctimas se contarían algunos miles de republicanos convencidos. Recordárselo precisamente a quienes acabaron perdiendo la guerra, seguramente porque antes perdieron su revolución, no les gustaría.

De eso habla la primera parte de esta novela/crónica: de la revolución en Madrid. Las otras dos están dedicadas a Valencia y Barcelona, pasando por Albacete, es decir, un cuadro bastante completo de la zona republicana.

En ningún otro libro están mejor contadas las sacas, checas y paseos en el Madrid revolucionario. Sin el tremebundismo de Tomás Borrás o el desquicie de Concha Espina, de un bando, ni el escamoteo de casi todo el mundo, en el otro. Con la inocencia, podríamos decir, de una muchacha, Celia, que aquí se presta a encarnar a su autora, se va contando… todo.

Elena Fortún no quiere hacer propaganda, no quiere tampoco victimarse. Le ha tocado vivir esa circunstancia, y ella es una escritora de circunstancias, y desde luego realista. Los niños lo son. Los niños no son abstractos. Deja, pues, que la mirada de Celia se pasee por todas partes (la evacuación de Argüelles y San Antonio de la Florida, con los consiguientes saqueos; los refugiados que vienen de los pueblos, realojados por todo Madrid, las cárceles y checas improvisadas… todo ello será relatado con una sobriedad y precisión de relojero).

En materia literaria Elena Fortún nos dejará su poética en las primeras páginas, en forma, cómo no, de diálogo (las suyas son siempre novelas dialogadas, en la tradición quijotesca). «No puedo resistir el deseo de contar el asunto de la novela [que estoy leyendo]», dice Celia, «y comienzo a contárselo a Valeriana [la criada que les cuida a ella y a sus hermanos]. Me oye distraída y dice:

»—¿Eso ha pasado?

»—No sé… Puede que sí.

»—Pues mira, si no ha pasado, déjalo y no te disgustes, porque aquí [en el Madrid de julio/agosto del 36] están pasando cosas peores».

Y a esa labor se pone Elena Fortún, a contar las cosas peores que están sucediendo en Madrid: no sólo la barbarie de las brigadas del amanecer, también el comportamiento y la responsabilidad en los crímenes de tantas gentes sedientas de sangre y de venganza («en el tranvía algunos se ríen [al ver los asesinados la noche anterior, tirados en una cuneta], pero la mayor parte no abandona ese aire de dignidad que tiene ahora el pueblo»). Porque Elena Fortún cree en el pueblo, aunque a menudo pierda la fe en él y recuerda cómo ha sido manipulado, o la extrema crueldad de la que son capaces gentes a las que la guerra ha vuelto mezquinas y vengativas.

Y así, ayudada por el realismo (en la novela comparecen como personajes no pocas personas reales, desde sus amigas Laurita de los Ríos o Isabelita García Lorca a su editor Aguilar) y un oído finísimo para reproducir el habla de las gentes («vive una sin simetría», dirá una mujer del pueblo para significar que vive sin descanso), va componiendo una y otra estampa, vividas u oídas contar a sus protagonistas, siempre sobre el terreno. Esto le permite pintar como nadie cualquier ambiente y situación, el de Madrid a oscuras, bajo los bombardeos, o el desfile por la Castellana de las fieras disecadas que salen del palacio de Medinaceli, jirafas y osos blancos, camino del Museo de Ciencias Naturales; el de Valencia o Barcelona («las calles, sólo iluminadas por la luna, se quedan desnudas… En camisón blanco, sin resguardo y sin amparo, enteramente a merced de las bombas», o el de la convivencia crispada en una misma casa de refugiados y huidos).

Decíamos que esta novela es la que hubiera querido escribir Baroja (su trilogía sobre la guerra civil tiene el encanto de todo lo ­barojiano, pero se resiente: en buena parte las tres novelas están escritas de oídas; no obstante en la de Elena Fortún se le hace un gran homenaje: «Pío Baroja gusta mucho a los soldados del frente», oímos que dice alguien). Celia en la revolución es la novela de la lucha por la vida en la retaguardia, la gran novela del miedo y del hambre, sus verdaderos personajes, con un único argumento: los desgarros. Es la novela de los desgarros, muertes y separaciones, que hacen que todos sus protagonistas vivan medio flotando en una pesadilla. Con detalles exactos en cada página (desde el olor a tomillo que prepondera en Albacete, por encenderse con tomillo hornillos y cocinas, al reparto en los racionamientos de té, cominos o estropajo a los que iban buscando cien gramos de pan).

Y desde luego estamos ante una de las pocas obras en que alguien que vivió una guerra en la que tampoco parece que nadie mató a nadie, está dispuesto a reconocer y asumir responsabilidades políticas, penales y morales: están conversando Celia y un amigo, que viene del frente. Dice él, pero habla por su boca la propia Elena Fortún:

—La playa elegante de aquí… Han muerto allí como moscas… ¡Se han cometido tantos crímenes! No te imagines que los otros hacen menos.

—Ya sé, ya…

—Es que somos salvajes… verdaderos salvajes… Todo lo que se llama civilización y cultura es un barniz clarito que se nos cae al menor empellón… ¿Queréis revolución?

—¿Yo?

—No, mujer… hablo al incógnito que la ha armado… ¿Queréis revolución? ¡Ahí la tenéis!… Todos somos unos asesinos.

—Tú no.

—Yo también.

—Pero ¿tú no habrás fusilado a nadie?

—Sí, hija, sí… como cada hijo de vecino… Fue en los primeros tiempos. Estaba yo en Villaverde, con el destacamento, cuando van y dicen: «Ahí llega el tren de Jaén y viene el obispo, y su hermano y la familia, y el cerdo de y el ganadero tal y… ¿queréis que les hagamos bajar y les fusilemos aquí mismo? A ello». Bajan temblando. Unos cuantos les toman la filiación. Sí, son ellos, y otro ¡que a lo mejor es republicano!… al menos, ellos lo dicen… «A ver, todos en fila». «Pero ¿nos vais a fusilar?». El obispo, muy pálido, echaba bendiciones… Nos pusimos enfrente… Cuarenta canallas y ¡pum!… ¡Sólo cayó el obispo! Todos le habían disparado a él y le habían acribillado… Otra vez tuvieron que formar la fila y disparar… algunos corrieron y los cazamos…

—¡Jesús…!

—¡Vamos, mujer! ¿Estás llorando? ¡Mujer! Te aseguro que yo no era yo… ¡Si soy incapaz de matar una mosca! ¡Más veces tengo salvadas mariposas calentándolas al sol sobre la palma de la mano! Es eso… es el salvaje que llevamos dentro… el contagio… la honrilla de que no le crean a uno un blandengue… ¡Mujer! ¡A ver si me vas a tomar rabia ahora!… Aunque a veces yo me la tengo por haber sido capaz de hacer una cosa como esa… pero más rabia tengo al que tuvo la culpa de todo… ¡A ése sí! ¡A ése le fusilaba ahora mismo sin que me temblara la mano!

—¡Tal vez no era el obispo el que fusilasteis!

—Tal vez. ¡Cualquiera sabe! Para el caso es igual… era un pobre hombre, y pobres mujeres y pobres hombres…

Pocas veces se habrá escrito una novela sobre la guerra con tanta verdad, consciente su autora de que alguien ha de contarla, y no como un desahogo, tal y como creía Martín Gaite, sino consciente de que con el tiempo todos mentirían o tratarían de hacernos creer que han olvidado.

No Elena Fortún. Logró sobrevivir en el Madrid de las checas (no así la tía y el primo de Celia) por haber seguido al pie de la letra el «ver, oír y callar». «Casi tres años de revolución y guerra, de seres absurdos, de sangre y de destrozos, han gastado la curiosidad de todos!», dirá Celia casi al final, y cuando leamos lo que dice una maestra («Sí… ¡todo está perdido! Creo que por culpa de unos y otros»), ¿cómo no pensar que es Elena Fortún quien nos lo dice, cómo no creer que es la tercera España quien habla por su boca?

Y para ellos, para los unos y los otros, y en nombre de los que no fueron ni de los unos ni de los otros (el hunos y hotros de Unamuno), escribió Celia, antes tan parlanchina y ahora tan silenciosa, antes tan rebelde y tan sumisa durante los años de revolución, esta extraordinaria crónica novelesca que deberían leer con atención los nietos de unos y otros.

 

Andrés Trapiello

Madrid, 22 de diciembre de 2015