Ref. EPLH0003

El epigrama español

Como auténtico género literario, el epigrama nace con la literatura y vive y se desarrolla adherido a ella como una verdadera planta parasitaria. Cuando la literatura florece, el epigrama está en auge; decae y degenera con la decadencia y degeneración de la literatura. Flor de antología, asoma en los tiempos de la cultura helénica; es cultivado con ardor en la roma de nuestro Marcial y da sus primeros vagidos con las literaturas neolatinas. Nuestra literatura tiene propensión al epigrama desde sus primeros pasos. Hurtado de Mendoza y Cristóbal de Castillejo ya lo manejan con soltura; cultívalo, luego, fervorosamente, Baltasar del Alcázar; Bartolomé Leonardo de Argensola y Polo de Medina lo embellecen y le dan carta de naturaleza; Lope de Vega y Quevedo le ponen ya sobre el hombro la etiqueta gloriosa y le connaturalizan entre los géneros literarios excelsos. El Siglo de Oro, de estilo almidonado y enrevesado en su gran parte, fue sin embargo propicio al florecimiento del epigrama. Pero es en el siglo XVIII cuando el epigrama se propaga y cultiva por casi todos los poetas. Don Juan de Iriarte, Martínez de la Rosa y los Moratines son maestros del género. Durante toda nuestra historia literaria, el epigrama ha sido siempre claro, sencillo y elegante y definido por Iglesias de la Casa con admirable fórmula epigramática: A la abeja semejante/ para que cause placer,/ el epigrama ha de ser/ pequeño, dulce y punzante. La presente antología viene a llenar un vacío. Desde hace muchos, demasiados años, el epigrama ha estado olvidado de los críticos e historiadores literarios.

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