Ref. CV0200

Molde roto. Una conversación con flamencos

Entre finales de los años setenta y principios de los ochenta, Arcadi Espada y su amigo Antonio España hicieron varios viajes al sur para hacer hablar a las grandes figuras del flamenco. Los animaba un cierto prurito taxonómico y, sobre todo, la firme voluntad de reivindicar el gitanismo. Tenían, por lo tanto, un plan. Y sólo una norma, pero férrea: las conversaciones que entablaran debían versar sobre flamenco. No es una perogrullada. Se trataba de que los cantaores, bailaores y tocaores (también, flamencólogos) hablaran a lo largo, pero sobre todo a lo hondo, de ellos mismos, de sus maestros, de sus coetáneos. Flamencos, en efecto, hablando de flamencos. Y no siempre bien. Espada y España lograron doblegar la secular renuencia del gremio a ejercer la crítica de puertas adentro. O acaso fueran los propios artistas, en la difícil tesitura de iluminar un defecto o esclarecer una virtud, quienes se dieron al mejor de los remedios: la comparación. El vino fue a menudo un eficaz desatascador, pero más lo fue la osadía de los autores, que conversaron de usted a usted con los Mairena, Farruco, Tía Anica la Piriñaca, Borrico, Camarón, Fernanda y Bernarda, Paco de Lucía... Ninguno de ellos se libró de responder a una pregunta que merecería, por sí sola, una monografía: ¿Recuerda usted el día en que cantó (o bailó, o tocó) más a gusto? De estos mimbres se compone Molde roto, una aventura iniciática que el tiempo ha convertido en documento para la posteridad. Con el mérito infrecuente de que, cuarenta años después, no se aprecia en él una sola mota de polvo.

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