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Prólogo de Juan Marqués.
Con una sintaxis muy particular y reconocible, pero sobre todo con una forma de mirar y de escribir que crea afición, que hacen que a uno le apetezca muchísimo ser poeta, Juan Manuel Bonet es para mí todo un ejemplo de lo que un autor de versos debe ser: alguien tan sinceramente apasionado por la eterna posibilidad de la poesía como prudente a la hora de descubrirse como parte de esa gran conjura; alguien paciente, constante y cauteloso que sabe lo que hace, que no habla por hablar y que no se precipita, que precisamente por tener la poesía como un bien privado de primera necesidad sólo hasta cierto punto necesita escribirla. Hay muchos que, de forma ansiosa, desbocada, en el fondo insegura…, alargan su obra poética de una manera tan exagerada e innecesaria como hacía Federico García Lorca con las efes, las ges y las eles de algunas de sus firmas manuscritas. Pero es, claro, un gran error y, puestos a ello, es mejor estrategia la contraria («Poda, que algo queda», escribió Bonet en una de las entradas de ese cuaderno fundacional que fue La ronda de los días), porque la poesía es ante todo una compañía segura, algo que sabemos que tenemos, como un órgano más: algo que está siempre ahí, dentro, funcionando, algo que silenciosamente va haciendo su peculiar trabajo y que no puede fallar. Tener de verdad fe en la poesía conduce al modo que tiene Bonet de escribir y de publicar. J. M.