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El inspector Sánchez investiga la identidad de dos cadáveres calcinados que aparecen en la playa coruñesa del Matadero en la madrugada de San Juan del año 2000. Pronto sospecha que uno de ellos puede ser Gustavo Gallego, un primo del comisario, que encomienda al inspector la misión de encontrar a su familiar desaparecido. Cuando descubre que está vivo, inicia su búsqueda mientras va leyendo una media novela escrita por el fugitivo que solo contiene capítulos pares, por lo que los hechos narrados por el inspector en primera persona funcionan a modo de capítulos impares. Estamos, pues, ante dos medias novelas, escritas con estilos distintos, que se complementan, no por capricho, en un juego bipolar, metaliterario, nada complicado para el lectorado. Los temas clásicos del género negro, el crimen, la intriga y la corrupción, presiden una de las historias. La otra trata sobre el amor, la convivencia, la política, el periodismo, el sentido de la vida y, en especial, sobre la locura, concebida en esta ocasión como antesala luminosa hacia el abismo, como primer contacto práctico con la muerte, que aparece de forma obsesiva, como esa otra ya irreversible, por misteriosa, antesala luminosa.