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En 1995, Roger Wolfe inauguró con su libro Todos los monos del mundo un género literario bautizado por él mismo como «ensayo-ficción». Se trataba de un «formato» de escritura que, rompiendo el molde, lo incluía todo (verso, prosa, fragmento, ensayo, micronarrativa, diario, confesión), y del que el propio autor afirmaba en el cuerpo de la obra mencionada lo siguiente: «Si no sabes hacer poesía, ni prosa narrativa, ni ensayo, ni teoría de la literatura..., ni mucho menos teatro, sino que más bien tan solo eres capaz de representar una especie de comedia permanente, y no te falta la honestidad llamémosle moral para reconocerlo, entonces lo que puedes intentar es revolverlo todo, y a lo mejor tienes algo. Una mezcolanza abigarrada (a Nietzsche le encantaba esa palabra; en inglés, motley, que en su acepción original de sustantivo, utilizado ya por Shakespeare, curiosamente hacía referencia al traje de colores que vestían los bufones). Una tumultuosa y polícroma mezcolanza cuya patética diversidad, si al menos tiene un poco de fuerza, o si a fuerza de ser lo suficientemente obsesiva, demoníacamente obsesiva, se reviste de una mínima musculatura, puede alumbrar las tinieblas con algún fogonazo ocasional de luz. Y poco más». En 2026, treinta y un años después de aquel lejano hito, Wolfe vuelve a la carga ensayoficcional con Todo el tiempo del mundo, el volumen que en este momento tiene en las manos el lector. Todo ha cambiado, y en tres décadas largas cambian multitud de cosas; pero lo hacen —y esto en Wolfe es fundamental— para seguir siendo esencialmente las mismas. En este libro, el quinto de su estirpe (van, con el presente, cinco títulos de ensayo-ficción), el círculo se enrosca una vez más sobre sí mismo, recogiendo y transformando el «sonido y la furia» de más de seis lustros de navegación para seguir surcando, con equívoca vocación de serenidad, las aguas inquietantes y perturbadoras del siglo XXI: «El periplo continúa, contra viento y procelosa marea y pese a inoportunas calmas chichas —potencialmente más temibles que la peor tormenta—, rumbo a todos los puertos de la palabra».