14 octubre 2019

José Cereijo sobre 'Día por día de mi calendario'

Palabras pronunciadas por José Cereijo en la presentación del libro de Manuel Machado

 

El libro que presentamos hoy, Día por día de mi calendario, da cuenta de una faceta de Manuel Machado que, como se dice en el texto de la contraportada, ha “permanecido a la sombra de su poesía”; que a su vez, y como es sabido, estuvo durante muchos años a la sombra de la de su hermano.

No era así, sin embargo, cuando en 1918 van publicándose semanalmente en El Liberal las entregas que conformarán este “Día por día...”. El prestigio de Manuel Machado era grande entonces, y lo era ante todo como poeta. Baste recordar, a título de ejemplo, que la edición, de mil ejemplares, de Cante hondo (1912), se agota el mismo día de su puesta a la venta.

Pero no sólo como poeta. En el prólogo a su excelente antología de la poesía manuelmachadiana (Planeta, 1993), recuerda Andrés Trapiello que “como periodista conoció también Manuel Machado por esa época [los años diez] días gloriosos, de hoteles caros, viajes y relaciones con figuras del momento”.

Es de suponer que, cuando en El Liberal le encargan la sección que conformará este libro, lo hagan atendiendo, además de a ese prestigio periodístico, a su condición esencial de poeta; que esperen de él no tanto, o no sólo, una mirada capaz de captar los hechos de la actualidad y sus posibles motivaciones y consecuencias, sino de ir más allá y proporcionar a sus lectores algo distinto de lo que pueden darles el cronista o el analista político. No únicamente, pues, lo que pasa en la calle, sino cómo eso que pasa en la calle afecta a una sensibilidad dotada de dos condiciones que suelen asociarse con lo poético: una especial intensidad o viveza para reaccionar frente a ello, y la capacidad de hacer de esa reacción algo potencialmente generalizable, algo que pueda llegar a ser de todos, a través de la posible afectación, como dijo con palabras memorables Octavio Paz, del cada uno que somos todos.

Pero sólo ahora, un siglo después de la publicación original, tenemos ocasión de apreciar completo y con la decantación del libro (o sea, no sólo con la distanciada ocasionalidad periodística), este Día por día, ya que entonces sólo el primer semestre fue recogido en libro. Se impone en consecuencia intentar valorar no tanto, o no sólo, lo que Machado decía entonces, sino lo que puede decirnos ahora, a más de un siglo ya de distancia.

Y el Machado de ahora, con todo lo que ha llovido, es bastante diferente del que aguardaban los lectores de El Liberal. De entrada, aquella “condición esencial de poeta” a la que me he referido antes le ha sido discutida, y hasta negada, muchas veces y a lo largo de muchos años. Y si, en célebre broma, Borges se preguntó alguna vez si Manuel Machado tenía un hermano (un hermano poeta, se entiende), lo que desde hace largos años ha predominado con mucho, y lo que aún predomina, es la pregunta contraria: ¿tenía Antonio Machado un hermano poeta?

(Permítaseme, de todas formas, hacer aquí una breve digresión, puesto que se ha citado tantas –y sin duda demasiadas– veces esa broma de Borges, o alguna sonada descalificación suya de Juan Ramón Jiménez. En su prólogo a El imperio jesuítico, de Lugones, para la Biblioteca personal de cien títulos que no llegó a completar, dice, después de hablar de Darío y del propio Lugones, que “iniciado de este lado del mar, el modernismo cundió a España, donde inspiró a poetas quizá mayores, a Juan Ramón Jiménez y a los Machado”. Acaso a esas alturas de su vida estaba ya un poco cansado de su gusto por la boutade, por la provocación más o menos periodística, o quizá los años le habían dado una perspectiva más abarcadora, la misma desde la que reconoció que, después de haberse pasado la vida diciendo que en tiempos de Cervantes había toda una serie de escritores que hubieran podido corregir cualquier página del Quijote, había llegado a comprender que lo que ninguno de ellos hubiese podido hacer era escribirla).

Pero el hecho es ése: que, primero por el gusto suyo por ciertas alturas sociales algo frívolas (el gusto y las alturas), “tanto papel couché”, como dice el propio Trapiello en aquel prólogo, refiriéndose precisamente al Machado de los años diez, y luego por su postura durante y después de la guerra civil, Manuel Machado ha tenido que afrontar, en vida y tras su muerte, una notoria desestima de su obra, desestima que sólo en los últimos años parece remitir finalmente; aunque no sé si esa remisión habrá llegado, y en qué medida, al público general, o será más bien todavía cosa de poetas y otros seres marginales, según el título de una conocidaantología de Maupassant.

Por todo ello, quizá convenga decir en resumen lo que ya han dicho antes más detalladamente algunos de sus exégetas (poetas, obviamente), como el mismo Trapiello o Gabriel Ferrater: que Manuel Machado trae a la poesía española moderna algunas cosas sumamente importantes, y que no existían en ella antes de él. Un tono moral. Relativismo, humor, melancolía, como indica Trapiello, y una resolución formal más directa y particularizada, y menos rígida, que la típica del simbolismo finisecular en el que se había formado, y que le hace (con independencia del logro concreto de cada poema) más moderno, en su lengua y en el modo de utilizarla, que los otros grandes de su tiempo (Unamuno, su propio hermano...).

Moreno Villa, por ejemplo, y en tiempos que como él mismo reconoce no eran especialmente favorables para recordar la figura de Manuel Machado (tras la guerra civil, y por razones políticas), dirá sin embargo que “cuando algún día se haga el recuento de las influencias ejercidas por él y por Juan Ramón Jiménez en las generaciones que le siguieron, veremos quién se lleva el mayor tanto”.

Ellos dos son, en efecto, los creadores de la lengua moderna en la poesía española, de una lengua que ya no es la de Unamuno o Antonio Machado, y de la que procede la que hoy mismo utilizan quienes la escriben. Y el editor de este libro, Abelardo Linares, poeta él mismo, señala por ejemplo que “es un poeta de una calidad de escritura, un rigor y una gran complejidad, con muchos niveles de lectura” tales que “se puede seguir leyendo continuamente”. Para Gil de Biedma, es autor de un puñado de poemas que se recordarán siempre; en una antología de la poesía española de todos los siglos, añade José Luis García Martín, “siempre estará este poeta”.

Y es este Manuel Machado, grande y hondo como no siempre se le ha reconocido, el que en este “Día por día” da cuenta de la actualidad de un año. Un año además muy especial, un año que él mismo dirá, acaso con alguna exageración, que sus trescientos sesenta y cinco días son “los más grandes por que ha atravesado el mundo hasta la fecha”. Piénsese que a lo largo de ese año se desarrollan las ofensivas finales de la Primera Guerra Mundial (la “Gran Guerra”, como se le llamaba entonces), con niveles de destrucción y mortandad que el mundo desconocía, aunque luego hubieran de verse tristemente superados por las atrocidades increíbles del nazismo o el gulag estaliniano; que justo entonces, en octubre del 17, acababa de producirse la Revolución soviética (los “diez días que conmovieron al mundo”, según el conocido título de John Reed), y se estaban viviendo, efectivamente día a día, las consecuencias de aquella enorme conmoción, dentro de la propia Rusia y en el resto del mundo: el 17 de julio de ese año 18, por ejemplo, se producirá, en Ekaterimburgo, el fusilamiento de la familia imperial rusa; que a lo largo de todo el año, hasta la firma del armisticio el 11 de noviembre, y a pesar de su neutralidad, los submarinos alemanes producirán un goteo continuo de hundimientos de barcos mercantes españoles, del que Machado dará cuenta una y otra vez.

Y que en España en particular, el año, iniciado con el incendio, el 2 de enero, del Palacio Real de La Granja de San Ildefonso, en el que se destruyen numerosas obras de arte y al que aludirá también  nuestro autor, será igualmente el de una serie de restricciones y carestías ocasionadoras de una casi continua inquietud social, aumentada además por el temor de los poderosos a que lo que está ocurriendo en Rusia tenga consecuencias aquí, en España, con repetidas crisis de gobierno de que Machado dará cuenta; el de la llamada “gripe española”, que hoy sabemos que nada tuvo que ver con España (fuera del hecho de que, al no estar involucrada en la guerra, en España no se censuró la información sobre la pandemia, como sí había ocurrido en el resto de Europa, o en los USA), considerada, con sus más de 40 millones de víctimas mortales, como la más destructiva de la Historia, y en la que fallecerán personalidades tan destacadas, en lo artístico, como Gustav Klimt, Egon Schiele o Guillaume Apollinaire (y a pintores y poetas, aunque sus gustos no fueran tan “avanzados”, dedicará Machado no pocas entradas de este Diario). Que aquí, favorecidos por la neutralidad, se habían refugiado los famosos ballets rusos de Diáguilev, quien conoce entonces a Falla y le encarga “El sombrero de tres picos”, estrenado al año siguiente en Londres… En fin, que si algo sobraba por todas partes eran cosas de qué ocuparse; y que a Machado nunca, a lo largo del año, le faltarán temas.

Ni atención o lucidez para comentarlos. Desde su postura, que ya habíamos indicado al principio de estas notas, y que él mismo definirá con excesiva modestia en la entrada del 29 de mayo: Temo que un pobre poeta lírico no pueda ofrecer en el concierto general de la vida común un producto fácilmente cotizable. Y temo aún más que mi trabajo no sea de una gran utilidad a las gentes, sobre que me avergüenzo de llamar trabajo a lo que yo hago de un modo fatal y necesario y casi exclusivamente por gusto.

Pero justamente un par de días antes, el 27 de mayo, había anotado esto: Se comenta desde el café la tremenda ofensiva alemana en el frente occidental (…) Es deliciosa la Humanidad. Cuando se piensa en la sangre de Grecia, derramada por la hegemonía de Esparta, de Atenas o de Tebas (…)Cuando a nosotros llegan los vapores de la que hoy encharca los campos de Europa, por el imperialismo alemán... sentimos la noble continuidad de la Historia. Y también un poco el cansancio de la eterna película.

Y no se crea que Machado se limita a ese tipo de consideraciones generales y puramente humanas; baja también, cuando le parece oportuno hacerlo, a la arena política o económica de la actualidad española de su tiempo, y, entre bromas y veras, deja bien claro lo que piensa. Véase, a este respecto, la entrada del 21 de septiembre, que no tiene desperdicio: Se sigue hablando de los presupuestos futuros, y una cuestión angustiosa está en el espíritu y en la boca de todos. Es ésta. Con la guerra mundial han entrado en España muchos millones. Por una parte. Y por otra, mucha carestía y mucha hambre. Los millones, naturalmente, han ido a parar a muy pocas manos. Pero como la cifra aproximada de ese oro se conoce y ha de tributar, la gente empieza a temer que la carga se distribuya sobre la nación entera… con excepción tal vez de unos pocos individuos. Que pudieran ser muy bien los afortunados poseedores de los millones en cuestión.

Y, naturalmente, se emociona, como lo habría hecho cualquiera, cuando ha de dar cuenta de la gran noticia de ese año, cuya entrada quiero reproducir aquí entera, con su fecha inclusive:

Lunes, 11 de noviembre. He aquí el día a día más grande, el más hermoso, el más tremendo y definitivo día que hemos vivido. Alemania ha firmado HOY las condiciones del armisticio impuestas por los aliados.

Ha terminado la guerra, la gran guerra, la guerra por antonomasia, la que era precisa para matar a la Guerra. Hoy, pues, se divide la crónica de la Humanidad en dos grandes etapas. Hoy, al salir los soldados de los últimos refugios troglodíticos, ha salido el hombre definitivamente de la prehistoria.

Ahora sabemos que esas palabras eran muy excesivamente optimistas, y que la Guerra no sólo no había muerto entonces, sino que, si se me permite la ironía, le quedaba (y le queda aún) mucha guerra que dar; hasta el punto de no estar nada claro quién acabará finalmente con quién, si es que alguna vez ocurre: la Humanidad con la guerra, o la guerra con la Humanidad. Pero esa reacción de alegría y esa mirada optimista al futuro inmediato, cuando se acababa de dejar atrás lo que alguien tan poco sospechoso de optimismo ingenuo como Kissinger definió en los siguientes términos: “[La Primera Guerra Mundial fue] una guerra que nadie quería y una catástrofe que nadie pudo haberse imaginado”, está del todo justificada. Y no hacía falta ser poeta para compartir las palabras de Machado.

Aunque quizá sí para ver realmente y en primera fila las consecuencias de aquella “catástrofe”. Como resumió con acierto Hemingway (que había participado en ella como conductor de ambulancia, y que allí fue gravemente herido), “no hubo realmente un libro verdadero sobre la guerra durante los cuatro años de la misma. La única escritura verdadera que se publicó durante la guerra fue la poesía”, lo que es exacto; y basta pensar en Wilfred Owen, Rupert Brooke o Edward Thomas, que murieron en ella. Y no se piense que esa poesía lo era, al menos en lo más valioso, de exaltación patriótica, por parte de unos poetas, como los citados, que a fin de cuentas estaban luchando por su país. Baste recordar aquí unos versos de Owen, el primero al que me refería: (…) si pudieras oír con cada sacudida / cómo brota la sangre de su pulmón enfermo, / obscena como el cáncer, amarga como el vómito / de incurables heridas en lenguas inocentes, / amigo, no dirías entusiasta / a los muchachos sedientos de una ansiosa gloria / esa vieja mentira: “Dulce et decorum est / pro patria mori”, versos éstos de Horacio (libro III de las Odas, 2), cuya traducción sería “Dulce y honroso es morir por la patria”. (Y, para que nadie piense con esto que Horacio era un belicista irredento, recordaré aquí unos versos del otro Machado, Antonio, que dicen así: ¡Señor! La guerra es mala y bárbara; la guerra, / odiada por las madres, las almas entigrece, escritos precisamente durante la primera guerra mundial; y que esa referencia a las madres traduce a la letra el bella matribus detestata de la Oda 1ª del Libro I del poeta latino). 

También es cierto que la frase de Hemingway que citaba no termina ahí, sino que añade que “una razón para esto (es decir, para que fuera la poesía, y no la prosa, la “única escritura verdadera” publicada durante la contienda) es que los poetas no son detenidos tan pronto como los prosistas”. Pero las cosas no son tan simples como esa ironía pueda dar a entender. Todos los poetas citados fueron “detenidos” en la primera guerra mundial: por la muerte. Pero, además, el poema de Owen a que me refería no fue publicado (no se permitió su publicación) hasta después de la guerra. No es, pues, una cuestión de que los prosistas lo tengan más difícil con las autoridades, sino más bien que la prosa de veras valiosa requiere un tiempo que es seguramente imposible tener en las trincheras, y acaso una decantación que sólo puede dar la distancia. 

En todo caso, y para ir terminando, Machado habla aquí, en este libro, de muchas cosas y en muchos tonos. Cabe en lo que dice la broma (por ejemplo, cuando un amigo, refiriéndose a su cartera –y, sin decirlo, a las restricciones que trajo la guerra, que como recordaba antes afectaban a todos…, menos a los que hubieran debido principalmente afectar–, le dice “mírala, es de las de gran éxito: no hay billetes”), la pura notación de paisaje (“Un cielo plomizo, que guarda la amenaza de una tormenta veraniega, sirve de toldo a la paz de este domingo madrileño. Por no perturbarla, sin duda, el toldo gris permanece tranquilo, conteniendo a duras penas –se nota el sublime esfuerzo– la lluvia torrencial de que está preñado”), el recuerdo a personas fallecidas a lo largo de ese año o cuando se cumple algún aniversario (por ejemplo, el tercero de la muerte de Giner de los Ríos, en 1915, a propósito del cual cita unos conocidos versos de su hermano, los de hacedme / un duelo de labores y esperanzas, y aprovecha para calificar a Antonio de “el más alto poeta español”), la noticia de lecturas (como cuando, el 11 de agosto, cuenta: “Juan Ramón Jiménez acaba de publicar y de enviarme un nuevo libro, Eternidades. Su lectura me lleva a las regiones superiores de la más alta belleza […], de donde no quisiera salir nunca”, frase ésta que adquiere mayor significación contra el fondo de la guerra, de la carestía y del hambre, de la incompetencia política).

Muchas cosas, decía. Es éste un libro que permite conocer mejor, con una especial cercanía, al hombre y al poeta, y leer también mejor su misma poesía. Y pondré un ejemplo muy concreto, aunque la iluminación que depara sea también general, y no alcance sólo a detalles anecdóticos, como el que voy a contar. En el tercer soneto de los que forman su poema “La mujer sevillana”, del libro Sevilla y otros poemas (1919), dicen los primeros versos: ¿Conocéis la leyenda que atribuye a Santa Ana / la invención del puchero?... ¿Y aquella otra, llena / de aroma y gracia, de una hierba que es buena, / en competencia con otra que es mejor, Ana? En la entrada del 26 de julio, día de santa Ana, se nos dice que “Una vieja leyenda popular atribuye a Santa Ana la invención del puchero; y un cuentecillo andaluz” relata el descubrimiento, por ella y su marido, de la hierbabuena y la mejorana (“Ésta sí que es hierba buena”, dice ella, a lo que él responde “Ésta sí que es mejor, Ana”). ¿Qué fue primero, la anotación de diario o el poema? En todo caso, que el uno procede del otro es la evidencia misma. (Y hay que recordar que esa fecha, la del 26 de julio, y la onomástica de santa Ana, tenían además para él una significación privada muy especial: su madre se llamaba Ana, y su hermano Antonio había nacido precisamente un 26 de julio, el de 1875).

En resumen, este libro no sólo tiene un interés grande por sí mismo, sino también como puerta de entrada al ser y al decir más perdurables de Manuel Machado; nos ilumina no sólo sobre lo que piensa, sino también sobre cómo pensaba (y sentía) eso que piensa.

(Y un añadido. No quiero terminar sin exponer, para quien no los conozca, algunos detalles relativos a su toma de postura en la guerra civil. Machado tenía una cuñada, llamada Carmen, que era monja en un convento de Burgos. El matrimonio acostumbraba, desde hacía años, a visitarla el 16 de julio, festividad del Carmen, hacer noche luego en la ciudad castellana y tomar al día siguiente el tren de vuelta a Madrid, el único que diariamente hacía ese trayecto. Pero aquel 17 de julio, de 1936, el matrimonio, según se dice por haberse entretenido Machado más de la cuenta en su arreglo personal, llega tarde a la estación, cuando el tren ya se había marchado. Al día siguiente, 18 de julio, habiéndose producido la sublevación que da inicio a la guerra, las comunicaciones están cortadas, de modo que Machado habrá de permanecer durante toda la guerra en Burgos, ciudad convertida además de inmediato en capital de los sublevados. Hay más: habiendo efectuado poco después Machado a una revista francesa, que le entrevistó por su prestigio poético, unas declaraciones en las que se refería al conflicto en marcha con un aire no suficientemente afecto a la Causa, publica en septiembre Mariano Daranas, corresponsal de ABC en París y conocedor de la entrevista, un artículo en el que critica la postura de Machado, “burócrata acomodaticio” según él, y “escritor y periodista del Frente Popular”, lo que le cuesta su inmediato encarcelamiento en Burgos, que por fortuna durará sólo dos días. Y hay que recordar que por bastante menos que eso mataban a la gente. Lo que quiero decir es que Manuel Machado –como tantos otros españoles, por lo demás– no tuvo ocasión de escoger. No sabemos lo que hubiera ocurrido de haber podido el matrimonio volver a Madrid, donde vivían, como también Antonio; pero es razonable suponer que, en ese caso, las cosas hubieran sido muy distintas, quién sabe incluso si totalmente contrarias, a como fueron).