8 julio 2016

Lo que Celia cuenta…

Fortún y Laforet

Considero a Elena Fortún como abuela literaria. Siempre oí decir a mi madre, Carmen Laforet, que había aprendido a escribir con los libros de Celia que ella leía regularmente a la edad de 6 años en la revista Gente Menuda. Su admiración por la autora de esos cuentos fue tan grande que trascendió lo literario, y Elena Fortún, sin saberlo, se convirtió, durante años, en depositaria de las confidencias e ilusiones de la niña Carmen Laforet. Y cuando esa niña ganó a los 23 años el premio Nadal con su primera novela, escribió a Elena Fortún a quien no conocía, para comunicarle la noticia y decirle que esto había sido posible gracias a ella, ya que había aprendido a escribir leyendo los cuentos de Celia. No se conserva la carta de Carmen Laforet a Encarnación Aragoneses (Elena Fortún) que por entonces vivía exiliada en Buenos Aires, pero sí la respuesta de ésta a Carmen Laforet:

Buenos Aires, 1 de Febrero de 1947

Queridísima Carmen Laforet: verdaderamente la quiero y me quedo asombrada de ello. Su divina humildad diciendo (¡usted que es en estos momentos la primera escritora española!) que aprendió a escribir de mí… me conmueve hasta los huesos. Y no por ser yo quien escribió esos libros que usted leía cuando era chica, sino por esa pureza de alma que la hace decirlo.

La correspondencia entre las dos escritoras se reanuda en 1950, cuando Elena Fortún está ingresada en un hospital de Barcelona. En diciembre de 1950, Carmen Laforet le escribe:

Queridísima Elena:

Dices que te sientes sola, como en plena adolescencia… Pero ¿cómo puede estarlo quien es querida como tú, hasta en la distancia?… Cuantos años me he pasado yo monologando para ti, y qué parecida eres a como yo presentía, desde chiquilla, no sé por qué… Es muy hermoso que haya personas así, como tú, en el mundo… y que uno tenga idea de cómo son y sueñe con ellas y las quiera aún sin haberlas visto…

Mi madre trasladó a sus hijos el entusiasmo por los libros de Celia. Nos los leía cuando éramos muy pequeños, y más tarde los leíamos nosotros. Así llegaron a mí Los cuentos que Celia cuenta a las niñas, dejando una semilla en mi interior que poco a poco fue germinando.

Hace algunos años, alguien me pidió que nombrara rápidamente, sin pararme a pensar, un cuento que me hubiera gustado en la infancia. En ese acto reflejo rescaté del olvido Los anteojos de color de miel de los cuentos de Celia. La persona que me hizo esa petición, me dijo entonces, que seguramente ese cuento había marcado la trayectoria de mi vida, es decir, que yo había ido construyendo mi vida a partir de los valores que contenía. Reflexioné sobre ello, y me di cuenta de que era cierto. Mi «abuela» Elena Fortún me había regalado con ese cuento el mejor de los dones: la ilusión, que fue y sigue siendo el motor impulsor de mi vida y de mi obra.

He releído para esta ocasión todos los cuentos del libro y he constatado que cada una de las historias contiene un «regalo» para quien lo sepa recoger.

Los cuentos de Elena Fortún se cuelan en las mentes infantiles con toda facilidad porque en ellos, la autora narra siempre desde la perspectiva del niño, en vez de la de los adultos que comparten la historia; y los jóvenes lectores se sienten parte activa de los personajes del cuento. Por eso, los libros de Elena Fortún no caducan, no tienen edad ni época, lo mismo que ocurre con la novela Nada de Carmen Laforet, en que la autora utiliza la misma técnica que su maestra literaria, narrando la historia con la perspectiva de la joven Andrea, ajena al entorno de los mayores que la rodean, y penetrando de esta forma la autora en la sensibilidad, no contaminada por interpretaciones ajenas, de jóvenes de todo tiempo y nacionalidad.

La técnica empleada en estos cuentos que cuenta Celia a las niñas difiere en algo a las historias de la propia Celia. Los cuentos no son narrados bajo la perspectiva del niño o la niña protagonistas, sino de Celia, ya mayor y contadora de cuentos. Pero la visión de Celia permanece muy cercana a la de los niños, y en estos cuentos añade además una fuerte dosis de fantasía y de misterio.

Tanto mi madre como mi «abuela literaria» me regalaron con los libros de Elena Fortún otro don, de inapreciable valor: el sentido del humor. Cuando mi madre nos leía los cuentos de Celia se volvía niña y feliz, y sus carcajadas animaban cada vez los relatos. Esa ­felicidad, conquistada con la lectura, siempre me ha parecido un tesoro que busco rescatar de los buenos autores humoristas.

 

Cristina Cerezales Laforet

Madrid, 14 de marzo de 2016