27 junio 2018

ADELANTO - La materia de mis sueños

Este cuento se encuentra recopilado en 'La materia de mis sueños', de Sarah Álvarez de Miranda.

HIDALGUÍA

Los tres hermanos Benítez de Haro eran una institución en Cartagena de Indias, ciudad en la que habitaba esta familia desde su fundación, según rezaba el escudo de armas que ostentaba la austera casona de su propiedad.
   Con ese mimetismo que se da en la naturaleza, ellos, su casa, su jardín, todo su entorno vivía en el pasado, exceptuando una joven india llamada Otilia que tenían a su servicio. 
   La precaria situación económica que arrastraban, les obligaba a hacer malabarismos para aparentar una holganza que estaba muy lejos de la realidad.
   Las dos hermanas, Adelaida y María de la Santísima Trinidad, ambas setentonas, habían decidido guardar luto no se sabe bien por quién; esto les permitía llevar el mismo vestido año tras año. Leopoldo, el hermano menor, parecía haber nacido adulto, su gloria consistía en ser miembro de la Real Academia de la Lengua, la más prestigiosa de América, lo que le daba mucha autoridad a los ojos de sus hermanas, de las que exigía un gran rigor en el lenguaje. Se paseaba por la ciudad envarado hasta la caricatura, sostenía que, para ser respetado, había que tener a los demás a cierta distancia.

   La encendida religiosidad que manifestaban como un blasón más de su escudo, les hacía no faltar nunca a misa de nueve. Aquella mañana, Leopoldo anunció a sus hermanas que no podía acompañarlas. Camino de la iglesia, Adelaida se percató de que había olvidado su misal, y volvió a recogerlo con el paso presuroso que utilizamos siempre en tales ocasiones. A mitad de la escalera se paró de golpe, de las dependencias del servicio salían unos quejidos que la hicieron temer que algo malo le ocurría a Otilia. Se dirigió hacia su habitación abriendo la puerta de golpe. Allí sobre la cama, en cueros, como una enclenque figura de El Bosco, estaba Leopoldo cabalgando a la india, que con su negra melena esparcida sobre la almohada, sudorosa, moviendo la cabeza para ambos lados, emitía entrecortados grititos.

   Leopoldo se puso en pie de un brinco, tapándose apenas con la colcha, dejándose todo su prestigio junto a su ropa. Parecía un ratoncillo asustado caído en una trampa.

   —Me sorprendes Leopoldo Aniceto Augusto –tronó su hermana con la voz ahogada por la indignación.
   Leopoldo, al escucharla, recobró de golpe su aplomo, y mirándola con displicencia la replicó:
   —Querida Adelaida, nunca hablarás correctamente el castellano, tendrás que reconocerme que el verdaderamente sorprendido he sido yo.

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