28 noviembre 2017

El espíritu de la Navidad, de G. K. Chesterton

Fragmento del prólogo de José Julio Cabanillas.

Chesterton nos regala en estas páginas su filosofía del asombro agradecido. A ojos de Chesterton hasta la calle más ruidosa de Londres está en el mapa del país de las hadas. El gigantesco Chesterton, con sus antiparras, todo lo miró en clave de maravilla. Lo curioso es que no cae en el buenismo ni se nos hace pesado, porque nos enseña a mirar de nuevo cada cosa. Chesterton crece en nuestro espíritu como la grama por un jardín. Al final, ante nuestros ojos escépticos, resulta que el mundo diario es también el país de las hadas. La grama empieza a crecer fuera del jardín y ocupa las calles cercanas, el barrio, la ciudad, toda la isla, un continente. Las cosas del entero mundo son chestertonianas. En el taburete de la barra del bar se sentó una princesa. El árbol de Linares de la Sierra es lo más chestertoniano de todo lo que yo he visto. Es también el árbol de navidad más natural y hermoso que hay en muchos kilómetros a la redonda. El mundo entero, como la grama que escapó del jardín, resulta ser made in Chesterton.

        Empecé un prólogo y he escrito un cuento, quizá porque no sé cómo explicar que el corazón ancho y venturoso de este bendito inglés, tiene luces de Navidad y un enorme y franciscano rebuzno. El rebuzno del burro del Portal. Chesterton se crece cuando habla de la Navidad. He dicho habla porque para nuestro poeta escribir fue lo mismo que charlar y cantar. Es decir, una delicia y una fiesta. Empecé un prólogo y he escrito un cuento porque no sé cómo explicar que todas las cosas, tan millonarias y variopintas, están hechas en el mismo molde de una Palabra.

José Julio Cabanillas

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