26 marzo 2018

Nadie lo diría, de José Luis García Martín.

Prólogo de Abelardo Linares.

Hay libros cerrados sobre sí mismos y hay libros también llenos de puertas y ventanas. Como este, al que se puede saltar por cualquier página, por cualquier ventana, en lugar de introducirse uno por la convencional puerta o portillo del prólogo.

En cualquier caso, este es un libro especialmente abierto, aunque no sea un libro especialmente íntimo. Los llamados diarios íntimos suelen escribirse desde la intimidad de su autor, pero no necesariamente se escriben, en todos los casos, para mostrarnos esa intimidad.

De José Luis García Martín, que lleva, de mil modos, toda la vida hablando de sí mismo, sabemos en realidad muy pocas cosas. Apenas saben nada de él sus lectores, incluso los más pacientes y fieles, y quizás sepamos menos aún sus amigos, aunque llevemos tratándole (y discutiendo con él, que viene a ser lo mismo) desde hace ya casi cuarenta años.

Sabemos, eso sí, que comenzó escribiendo poesía, a la que se prestó poca atención, y comentando la actualidad poética de esos años, los setenta (y toda la que vino después) con impertinente e incluso pertinente inteligencia; los enemigos que se creó por entonces siguen siéndolo aún: hay pocos críticos literarios más detestados, con razón o sin ella, sobre todo por sus antiguos y doloridos amigos literarios. Pues no hay crítico no ya menos simpático, sino menos empático que José Luis García Martín, empeñado siempre en demostrar que es más amigo de la verdad (o de su verdad, lo que se parece pero no es exactamente lo mismo) que de Platón, por mucho que valga literariamente Platón y por muy amigo que crea ser. Pero, en cualquier caso, no hay (o no habrá) más remedio que reconocer que sus antologías (a menudo más saqueadas que las tumbas de los faraones del Egipto) y reseñas son, con muchísima diferencia, las que mejor han ayudado a establecer el
canon de la poesía española de los últimos cuarenta años, por más que que estudiosos y antólogos (en especial los universitarios) se nieguen insistentemente a reconocerlo o a enterarse.

Nadie lo diría, el título de este libro, podría servir como divisa tutelar (o al menos publicitaria) de la obra entera de García Martín: lo que él dice nadie se atrevería a decirlo, al menos con la claridad y rotundidad, casi suicida, con que él lo hace un día sí y al otro también.

¿Y de qué nos habla García Martín en su diario íntimo si no nos habla de su Intimidad? De algo que puede llegar a interesarnos bastante más: nos habla del mundo, de la realidad de todos los días, y lo hace –ya lo dije antes– con cercanía y detalle, al margen de la palabrería y de la retórica más habituales.

Alguien ha afirmado –y si no es así, debiera afirmarlo– que lo
que García Martín piensa sobre cualquier tema se puede resumir en
que siempre piensa lo contrario.

No es del todo cierto. Más adecuado resultaría afirmar que piensa, al contrario que la mayoría de la gente. Leerle por eso resulta siempre tonificante (y con un toque amargo, como esos bitter que se toman antes de la comida para abrir el apetito), se esté o no de acuerdo con sus opiniones, es decir, con sus opiniones literarias, que son las únicas que vienen ahora al caso. 

García Martín ha escrito ya una veintena de volúmenes a los que podemos sin exageración llamar diarios, desde el inicial Días de 1989. Esos títulos forman y no forman una serie. El autor ha insistido más de una vez (quizás porque nunca le han hecho del todo caso) en que pueden, y deben o deberían, ser leídos independientemente. Su lema lo expuso certeramente Fernando Pessoa –una de sus admiraciones y devociones  más firmes– por boca de Ricardo Reís: «Para ser grande, sé entero. / Nada tuyo exageres o excluyas. / Pon cuanto eres en lo mínimo que hagas».

Entero está García Martín en este libro que hoy reeditamos (la primera edición se agotó, es un decir, en pocos meses); como lo está también en los otros tomos de sus diarios, dispersos por diversas editoriales, que iremos poco a poco reuniendo en esta Biblioteca de la Memoria. Hay quien le reprocha a García Martín (acostumbrado y aun indiferente a los reproches, como un rinoceronte indio a las picaduras de los osquitos) el que sus muy literarios diarios carezcan de intimidad, ya lo señalamos antes, y lo achaca a su gusto (tan parecido a la mera impaciencia) por la publicación inmediata, a no dejarlos reposar los largos años que aconsejaba Horacio para cualquier obra literaria. Pero García Martín no es hombre receptivo ni pusilánime: iguala (como los clásicos y demás gentes que vivieron hace 400 años) con la vida el pensamiento y lo que  tiene que decir lo dice cara a cara, vis a vis con los lectores; no guarda sus venenos, que los tiene, para la difusión póstuma, cuando las consecuencias ya no tendría que sufrirlas él. 
En mi ya larga carrera de voluntarioso y pequeño editor, he publicado a cientos de autores, jóvenes y viejos, clásicos y contemporáneos, pero de pocos me siento tan orgulloso (lo digo en voz baja, por no molestar, pero lo digo) como de José Luis García Martín, un escritor que estaba ya todo entero en Jugar con fuego, la revista de 1975 que redactaba él casi a solas, y cuya ya copiosísima obra cabría (al menos de modo simbólico) bajo el rótulo de uno de sus libros primeros, Autorretrato de desconocido. 

Un desconocido que sigue siéndolo para sí mismo y para los demás, pero que nos permite entender algo mejor el mundo en que vivimos y conocernos mejor a nosotros, sus afortunados, persistentes y siempre un tanto desasosegados lectores.


Abelardo Linares

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