18 enero 2021

Reseña de 'El infortunio del Señor Seniergues' de Miguel d'Ors

Por Federico Limeres

El infortunio del señor Seniergues me ha gustado muchísimo. La he leído dos veces, como aconseja Marguerite Yourcenar: si la primera lectura se deja seducir por la melodía de la trama, la segunda puede fijarse en las armonías del estilo, del punto de vista, de la estructura. En mi caso, el interés por los detalles de la intriga no fue menor en la segunda lectura que en la primera; ante todo, quería descubrir cómo el odio entre dos personas —o más bien el de una de ellas hacia la otra—puede llegar a diseminarse como un virus de forma que el odio se contagie, o se delegue, transitivamente, por así decir, a terceros no implicados inicialmente en la causa primera de la rencilla. 

La novela es una caja de sorpresas; su condición narrativa, la fecha en la que está datada, su temática hispanoamericana, sus protagonistas franceses, amén de científicos e ilustrados, la voz que nos habla en sus páginas: todas parecen elecciones hechas para el despiste. De hecho, al terminar de leerla lo primero que hice fue preguntarme: “Si no supieses quién escribió El infortunio..., ¿adivinarías que su autor es (o fue) Miguel d´Ors?”. Seré sincero: mi primera respuesta fue que no. Al optar por un narrador oral, un testigo de los hechos que nos habla con las inflexiones y los modismos de su época, la voz inconfundible de sus poemas brillaba por su ausencia. Realmente, esa fue la primera sorpresa de todas: contrariando mis expectativas —yo había apostado por un narrador omnisciente— usted había decidido ocultarse detrás de una máscara verbal. Después, pensándolo un poco mejor, me di cuenta de que yo había subrayado —ya en la primera lectura— pasajes de la novela que permitían establecer una conexión ideológica —en el sentido noble del término— entre El infortunio… y el resto de su obra. Las varias menciones al montañismo —con sus ironías a cuenta de la inaccesibilidad del Chimborazo y la responsabilidad de Rousseau en la nueva apreciación estética del paisaje— son muy obvias: ex unge leonem. Pero hay muchos otros guiños a los temas de nuestra época y a asuntos sobre los que usted, en sus Virutas de taller, ha dejado sentada su opinión. A pesar de las excusas del narrador, a mí esos desvíos del asunto del relato me encantan, y me han recordado el Tristam Shandy, de Laurence Sterne, que es una  novela casi sin argumento, armada a partir de una incansable y alocada sucesión de incisos, de aclaraciones, de paréntesis, de notas a pié de página dentro de notas a pie de página. A mí, de hecho, me saben a poco esas digresiones que se permite el narrador de El infortunio..., aunque entiendo que prodigarlas en exceso hubiera ido en contra de la verosimilitud de la historia. Me ha gustado especialmente ese pasaje en el que el cronista expresa su rechazo a “ese desorden moral que se extiende de día en día y amenaza con inficionarlo todo”. La gracia del asunto es que esas palabras, que usted y yo podríamos compartir dirigidas a nuestro tiempo, son puestas en labios de un simpatizante del movimiento —la Ilustración— que ha traído, se puede decir, algunos de los males del presente. Nicolás Gómez Dávila habría captado toda la ironía que encierra esa —por lo demás breve— filípica de la página 81. 

La narración del viaje a las Américas, con la que se abre El infortunio…, y la del viaje de vuelta a Francia, con que se cierra, con sus páginas balanceadas por el mar —las galletas roídas por las ratas, el temible escorbuto, los piratas franceses, con su caballerosidad impostada— evocan esas novelas de marinería —Stevenson, Melville, Conrad— con las que los niños de antaño nos iniciábamos en las lecturas serias. Pero ese prólogo y ese epílogo marítimos son sólo el marco, aventurero y risueño, del negro cuadro —casi un capricho de Goya— que el criado del señor de La Condamine quiere pintarnos.

Averiguar a través de qué hilos sutiles puede transmitirse la corriente eléctrica del odio, cómo es posible que la enemistad —subsanable con unas disculpas mutuas— entre el señor Seniergues y Diego de León incendie con un motín popular la ciudad de Cuenca y empuje a  Manuel de Mora y a Nicolás de Neyra, que no tenían cuenta pendiente alguna con Seniergues, a asesinarlo con salvajismo, me empujó a releer la novela en cuanto la terminé. Según iba recorriendo de nuevo, guiado por el narrador, el itinerario existencial que va de la primera visita del señor Seniergues a Manuel Quesada al asesinato del cirujano francés a manos de Mora y Neyra recordé la teoría de la estupidez de Carlo M. Cipolla, el historiador italiano (que en rigor no es una teoría, sino una taxonomía). Cipolla divide la humanidad en cuatro grupos: los inteligentes, que son capaces de trabajar en beneficio de los demás y de sí mismos; los malvados, que persiguen el beneficio propio en contra del de los demás; los incautos, que benefician a los demás en contra de sus propios intereses; y los estúpidos, que persiguen el perjuicio de los demás aún a costa de su propio perjuicio. Los miembros de la Comisión —a pesar de las rencillas que tuvieron algunos de ellos, motivadas no sé si por la incompatibilidad de caracteres o por alguna disparidad de criterios científicos— pertenecen claramente al primer grupo.  En cuanto a los instigadores y ejecutores del asesinato de Seniergues, me inclino a pensar que están en el espectro entre la maldad y la estupidez. Diego de León seguramente era una mala persona; el tal Mora y Nicolás de Neyra eran probablemente estúpidos. La pregunta es por qué la gente estúpida es estúpida. Muchas veces no son las pocas luces; es también una incapacidad para refrenar las pasiones. El estúpido puede, a veces, prever las consecuencias de sus actos, pero no sabe contenerse. Es como el escorpión de la fábula: está en su naturaleza picar. Otro misterio en torno al caso Seniergues es la turba que se formó casi por generación espontánea, y que aquélla se dirigiese no sólo sobre el pobre cirujano sino sobre todos los miembros de la Comisión, al grito de abajo los franceses, la Ciencia o el siglo. Será que la presión del grupo puede volver estúpido a quien, en soledad, puede no serlo, y cualquier pretexto es válido para causar un mal a aquellos a los que se envidia. En esos casos, lo tentador para una autoridad como el alcalde Sebastián Serrano es ponerse a la cabeza de la manifestación.

En fin. Quién sabe. Las razones por las que un libro nos gusta, por las que resuena en nosotros, son idiosincrásicas. Cada lector, como es natural, tiene las suyas. Las cosas —y la literatura— de América me interesan vivamente. Nunca olvido que si mis padres no hubiesen decidido retornar, cuando yo tenía siete años, desde Venezuela a su Galicia natal, mi destino sería suramericano. Me encanta, como no podía ser menos,  que el protagonista sea un comerciante, y que el objeto de sus tráficos sean libros, y que no sólo los compre y los venda, sino que los lea. Y celebro que, como le recomendó el cura párroco Gregorio Vicuña —con un argumento volteriano— se haya ganado “por su valer y trabajo la verdadera nobleza, que es la del merecimiento”. Simpatías corporativas aparte, El infortunio… me trajo a la memoria a uno de los escritores que más estimo, Georg Christoph Lichtenberg, coetáneo de los miembros de la Comisión, cuyos cuadernos de notas son uno de mis libros de cabecera desde hace más de treinta años. Como Lichtenberg,  además de filósofo y escritor, fue físico y geodésico, pensé que en sus cuadernos, que incluyen muchas listas de libros, podría haber alguna mención a las publicaciones de Godin, Bouguer o La Condamine. A falta de índice onomástico, los hojeé por encima, pero en vano. Entonces me dirigí al repositorio online de sus obras completas, en la Universidad de Gotinga y, ¡eureka!, una simple búsqueda en la web me puso tras la pista de las numerosas menciones que existen, en los escritos científicos de Lichtenberg, a los trabajos de la Comisión en general, y a los del señor de La Condamine en particular. Me llevé una alegría al descubrir esa conexión geodésica y equinoccial entre dos escritores —Lichtenberg y usted mismo— a los que tanto estimo. Incidentalmente, mientras hojeaba los cuadernos —siempre se saca algo de ellos, aunque se lean a salto de mata— reparé en un latinajo que, a mi juicio, aporta un poco de luz sobre la conducta de los actores pasivos del tumulto contra los franceses: Nihil agendo neminem timeas.  El que no se significa, no tiene nada que temer. Dicho sea de paso, casi los únicos que durante la turba se interpusieron entre el populacho y los miembros de la Comisión —aparte del heroico sargento Mathías de la Calle— fueron clérigos; ironías de la Historia: la Iglesia acudió en aquella ocasión en rescate de la Ciencia y la Ilustración o, al menos, de los doctores escépticos que a la sazón las encarnaban.

El azar de las lecturas ha querido que en mi mesa coincidiesen su novela y un libro titulado Después de la finitud, del que es autor un joven filósofo francés llamado Quentin Meillassoux, y que revolucionó el cotarro filosófico hace catorce años. A fuerza de insistir en que no tenemos acceso directo al mundo, en que todas nuestras percepciones y todas nuestras hipótesis —porque somos hombres, o porque somos mujeres; porque somos blancos occidentales, o porque no lo somos; porque vivimos en el siglo XXI, o lo hicimos en el XVI...— están mediadas, o condicionadas, los filósofos, aunque pueda parecer increíble, han llegado a dudar de la existencia del mundo exterior. De hecho, esta suerte de idealismo contemporáneo se ha convertido en una idea de sentido común entre los filósofos, sobre todo en Francia. Y he aquí que llega el francés Quentin Meillassoux y propone rehabilitar el realismo invocando el carácter universal y la verdad eterna de las matemáticas. Podemos indagar el Absoluto, la existencia del mundo con independencia de nuestras mentes, porque podemos ponerlo en correspondencia con una realidad, o un lenguaje, el de las matemáticas, que no depende de nosotros. Es otra ironía de la Historia que sus paisanos los señores Godin, Bouguer y La Condamine cruzaran el Atlántico, hace casi tres siglos, para medir un grado de meridiano con ayuda de las matemáticas. ¡Ellos no necesitaban leer ningún tratado de filosofía para convencerse de la existencia objetiva y mensurable del mundo!

Y hasta aquí mis comentarios a su novela, que no quiero yo emular al librero en lo de irme por las ramas. Pero es que El infortunio… es un árbol de tronco engañosamente pequeño, pero de intrincado, de exuberante ramaje. ¡Son tantos los temas que toca! ¡Hasta de vacunas se habla! Me he dejado, en el tintero, de hecho, una hoja llena de notas. Y, de alguna forma, tengo la impresión —¿el delirio?— de que este libro ha sido escrito para mí. Como diría Borges, no sé de un elogio mayor…